Comer o comer, no tienes opción 1

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imagesCAKVHMLTEl otro día presencié una escena en el parque que me abrumó y me hizo reafirmarme en cómo he afrontado el tema de la alimentación de mis hijos, mis dos amores. Con respeto y con normalidad, sin presiones, sin preocupaciones, alimentando pero respetando.

Había un pequeño de unos 20 meses jugando felizmente en un columpio en el parque atentamente vigilado por sus padres.  De pronto la madre miró su reloj y debió de pensar: “hora de comer”, porque inmediatamente sacó dos  yogures (tipo petit suise) de su bolso y se dispuso a alimentar a su pequeño.  El niño no quería ser interrumpido y se negaba a comer pero la insistente madre siguió erre que erre con su plan.  El pequeño se puso a llorar, gritar y empezó a correr por el parque con la madre detrás amenazándolo con la cuchara.  En un intento de escapar de su madre y del yogur se dió la vuelta sin ver un juego que había detrás y se golpeó la cabeza.  Imaginaos la escena: el pequeño llorando a grito pelado y la  madre consolándole mientras le regañaba por no haber visto el juguete.  Aprovechando el momento de shock,  lo cogió y lo sentó en su carrito, bien atado para que no se intentara escapar.  La lucha madre e hijo se prolongó unos minutos más bajo la atenta mirada del padre que parecía tener miedo a intervenir desconozco por qué.  ¿Quizás por miedo a contradecir a la insistente mamá?  El caso es que finalmente y como os podéis imaginar el niño se sometió a los deseos de su madre y accedió a comerse el yogur, sabiendo que era una batalla perdida por motivos obvios.  La mamá, feliz de que al final podía alimentar a su pequeño, no solo le dio un yogur, si no que aprovechó su sumisión para darle otro más, y tan rápido como le fue posible por si se le revelaba otra vez su pequeño.

Tengo que admitir que me fue muy duro presenciar este episodio que tan común es a mi alrededor, y no tanto por el tema de la alimentación, si no por la impotencia que sentí ante ese ser indefenso que hacía todo lo posible por comunicarse con su madre, siendo sus intentos en vano. Lo oían pero no lo escuchaban.

Muchos motivos tendría el pequeño para no querer comerse el yogur.  Probablemente estaba divirtiéndose tanto en el juego que prefería esperar a terminar de jugar, o simplemente no tendría hambre en ese momento, a pesar de que el reloj marcaba la hora de comer.  De cualquier manera, él se lo dijo a su madre, a su manera, pero se lo dijo.  Me imagino la impotencia del pequeño ser ante la actitud desafiante de la madre y la pasividad del padre.

Cada día me reafirmo en que la mayoría de los problemas que tenemos con nuestros hijos e hijas es que no los tratamos como haríamos con otro adulto, los tratamos con inferioridad.  Nos creemos con el derecho de imponerles unos patrones de sueño, alimentación, comportamiento…, obviando sus propios ritmos de desarrollo y aprendizaje.  En vez de leer manuales sobre como criar a nuestros pequeños, deberíamos leer libros que nos enseñen a conocerlos un poco más, a saber como funciona su cerebro desde recién nacidos, saber identificar lo que es un problema de alimentación de lo que es simplemente no tener hambre, aprender a actuar con el corazón y desde nuestra condición de madres y no limitarnos a lo que nos dice un manual de instrucciones o un pediatra.  En definitiva, conectar con ellos y escucharlos con amor y con conciencia.

Puede que alguien piense: ¿y si es que ese niño tiene un problema de alimentación?  Os puedo asegurar que en base al peso y apariencia física desde luego que no.  Y tampoco estoy diciendo que no se lo diera, solamente que no era el momento ni las formas.

Bien dice Carlos González en su libro “Mi niño no me come”: “este tipo de situaciones, más propia de un campo de batalla que de una actividad cotidiana, ilustra que la inapetencia es un problema de equilibrio entre lo que un niño come y lo que su madre espera que coma”.  Una batalla que, en el caso que presencié, creo perdieron tanto los padres como el pequeño; es más, creo perdemos todos porque realmente yo me sentí muy mal después de presenciar lo acontecido.  Porque recordemos que el llanto de un niño, es el llanto de toda la humanidad.


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Un comentario en “Comer o comer, no tienes opción

  • Aída

    Muchas veces así de desapercibido, de fácil o de forzado se establecen esquemas negativos con la alimentación, y futuros adultos incapaces de oir las señales de su cuerpo cuando está saciado.
    Gracias Ana por la reflexión, sobre esto hay mucho de lo que hablar.