Carta a Salma 1

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Dicen que l@s hij@s eligen a sus padres y madres antes de venir a esta realidad.  Que se acercan por afinidad al grupo de almas con las que pueden explorar su potencial.  Que nos explican sin palabras donde reside la enfermedad de la familia, donde está lo que olvidamos y lo que tenemos que cambiar y mejorar.  Que nos ayudan a vibrar en el amor, a cicatrizar viejas heridas, a transformarnos continuamente en alguien más útil y armonioso para la humanidad. Ana y Salma comparten la historia de su parto y nacimiento en “mi parto es el mejor”.

Pues todo eso es lo que tú has hecho por mí, mi niña.

Desde el principio nuestro encuentro no fue fácil, y es que tu madre cargaba una maleta demasiado pesada llena de asuntos sin resolver, y también algunos rencores y tristezas.  Esto se reflejó desde el principio del embarazo y me sentí muy triste, sola, echando de menos a tu abuelo y por supuesto con vómitos y falta de sueño.  Cuando casi estaba al borde del abismo apareció Margarita, nuestra homeópata, que, además de escucharme, nos rescató a las dos con sus casi mágicas flores de Bach y remedios homeopáticos.

A partir de ahí el nudo se fue deshaciendo y comencé a disfrutar la maravillosa experiencia de tenerte dentro y de parirte.  Empecé lo que yo llamaba en broma mi “proyecto de investigación sobre el parto natural”, ya que todo el mundo que me rodeaba decía que estaba loca y que era una anti-sistema.  Ninguna de las dos cosas me molesta, incluso puede que lo sea.

Después de dar tumbos llegamos a Adela, nuestra matrona, que empezó a darnos confianza para seguir adelante con nuestros planes; y a través de ella llegamos a Maria, nuestra profesora de yoga con la que empezamos este viaje de transformación personal que aún no ha terminado.

El parto se retrasó una semana así que me avisaste de que venías un 13 de Septiembre a las 4 de la mañana.  No hubo alarma sino felicidad por saber que esa noche dormiría contigo en mis brazos.  Solo un pequeño sobresalto cuando le dije a tu papá que llevaba una hora y media con contracciones.  Tu padre y yo empezamos con mucha tranquilidad a dejar pasar el tiempo.  Ni la pelota de Pilates ni la esterilla, lo que me funcionaba era estar en el sofá y dejar pasar la contracción en silencio.  Mientras, tu padre contaba los minutos y los anotaba en una libretita que aún tiene guardada.

Decidimos irnos al Materno por dos motivos.  Primero por la comodidad de que está al lado de casa.  Y segundo porque decidimos darle una  oportunidad y acallar todas las bocas que dicen que ahí no se puede tener un parto de baja intervención.  Nos equivocamos en lo segundo.  Y no porque no se pueda, sino por que tuvimos la mala fortuna de que nos tocara una matrona que no estaba de acuerdo con esta práctica.  Pero aún así, ahí le pusimos nuestro plan de parto y le dijimos que se lo leyera.  Pasara lo que pasara no íbamos a confrontar a nadie.  Ya María nos preparó para esto así que tranquilidad.  Iba preparada para el parto y tenía a mi lado a tu papá.

La matrona quería que fuera al paritorio en silla de ruedas; yo no, así que le dije al señor de la silla que yo le seguiría caminando.
La matrona no quería que bebiera agua; no le hicimos caso y cuando salía del paritorio tu papá me traía la botella.
La matrona quería que estuviera enchufada al monitor todo el rato; yo no, así que cuando salía por la puerta me desenchufaba.
La matrona quería que me pusiera el camisón del hospital; no contesté y seguí con mi propio camisón puesto.
La matrona me decía que si ponía en riesgo a mi hija yo sería la única responsable; no contesté y respiré.  Estaba preparada.

Así pasaron 10 horas.  Todo iba perfecto.  Yo me repetía una y otra vez que estaba preparada, te visualizaba mientras te movías a través de mi cuerpo, respiraba y tenía a tu papá a mi lado, ¿Qué podía ir mal?

De repente la dilatación se paró a los 9 cm.  La matrona insistía e insistía en romperme la bolsa.  Yo insistía en esperar.  Después de 2 horas sin dilatar nada la matrona me dijo que había que romper la bolsa.  Yo le dije que ni hablar.  Así que hice lo que creí que era lo mejor: llamar a María.  La llamó tu papá desde el baño y María nos dió su opinión: seguir adelante.  Confiaba en ella y necesitaba saber lo que pensaba, así que adelante.

Al romper la bolsa salió meconio así que la matrona me dijo que había que provocar urgentemente el parto porque había peligro de sufrimiento fetal.  Dios mío qué shock al escuchar esas palabras! Así que dijimos que adelante y la matrona con cara de triunfo me enchufó la oxitocina artificial.

Ese momento fue muy duro.  Las contracciones ya no duraban 8 respiraciones.  Duraban hasta 30!  Y no sentía presión en los riñones, parecía que el ano me iba a explotar! Ahora entiendo que esto es un paquete: oxitocina artificial + epidural.  No importaba.  Yo tenía a mi epidural a mi lado: se llamaba Carlos, sí, tu papá.  Tu nacimiento casi le cuesta un brazo al pobre porque casi se lo rompo!  Ya solo faltaba un ratico para que nacieras.

Y así llegaste mi amor.  Yo no te pude ver nacer pero me reconforta saber que tu papá lo vió todo en primera fila y no se perdió detalle.  No fue fácil, porque a la vez tuvo que darme ánimos y recordarme como tenía que respirar.

Nos asustamos un poco porque saliste llena de caquita y te llevaron corriendo a Neonatología.  Pero en seguida te trajeron con nosotros y te pusieron en mis brazos.  Nunca olvidaré tu mirada.  Y es que con los ojos bien abiertos me miraste como diciendo “ya está mama, ya llegué y todo bien”.  A partir de ahí lagrimas, muchas lagrimas de felicidad que duran hasta el día de hoy.

Una amiga me ha dicho que las nuevas generaciones nacen con un gran deseo de comerse el mundo y que sus almas tienen niveles de evolución considerables.  Que vienen con la misión de romper los antiguos esquemas sociales que atan a la humanidad para lograr mediante la transformación de la humanidad abolir la infelicidad en la Tierra.  Para tratar con estos niños y niñas, nos veremos obligados a cambiar los antiguos patrones educacionales y así darles a nuestros hijos libertad de expresión y de acción para que desarrollen el potencial de su alma, su esencia y su corazón.

Has dado un giro a mi vida que no pensé que jamás podría nadie dar.  Y no me refiero a la casa desordenada, alguna puerta cerrada, el olor a caca o el irme al trabajo con un calcetín diferente al otro; me refiero a que me has ayudado a aflorar una Ana que no sabía que existía en mi interior.  Casi una antítesis de la mamá que tenías antes.  Y he descubierto el mundo de la espiritualidad, la calma, la quietud, la transformación…, y por supuesto el yoga.  Un camino que no ha hecho más que empezar.

También has añadido una nueva dimensión a una relación de pareja con muchos altibajos.  Una relación llena de alegrías y felicidad pero también de enfrentamientos y distanciamiento.  Pero ahora todo ha cambiado.  Quiero que estemos juntos los tres.  Y lo estaremos como dice el yoga, viviendo el presente, día a día, porque el futuro no existe, pero será maravilloso contigo en nuestras vidas.

Te quiero mi niña.  Gracias por elegirme como tu mamá, me haces muy feliz.

Mamá.

Escrito por Ana Benítez, a su hija Salma

 


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Un comentario en “Carta a Salma

  • Aída

    Gracias por compartir vuestra historia desde el corazón. Conocer realidades posibles nos hace fuertes. Una carta bellísima para tu hija.